DIARIO LAS ULTIMAS NOTICIAS
Reconciliación e Informe Rettig
Por Claudio Vásquez L.
A medida que se acerca la entrega del informe elaborado por la Comisión Verdad y Reconciliación, han comenzado a conocerse las expectativas que despierta en las organizaciones sociales y políticas este importante documento.
Sin embargo, me parece que detrás de las variadas posiciones que se expresan, no existe consenso en cuanto al real significado que dicho informe tiene para la futura convivencia del país.
Lo que está en juego es la posibilidad concreta de que los chilenos podamos mirar el futuro, asumiendo los hechos ocurridos como un drama en el que todos -en diferentes grados- tenemos una cuota de responsabilidad. Para esto es indispensable, en primer lugar, conocer la verdad. No es posible imaginar que las heridas se curan con el simple hecho de tapadas o negadas.
La verdad representa el primer paso para recuperar la memoria olvidada y comenzar a acercamos a un justicia que es imprescindible para dar un salto definitivo en el camino de la reconciliación.
En segundo término, el país requiere volver a creer en la justicia, como la instancia de regulación de aquellos excesos que atentan contra la convivencia diaria. Y esto no es tarea fácil pues, en los últimos años, la credibilidad en la justicia se ha puesto en duda, no sólo en el ciudadano común, sino también en aquellas personas ligadas a ella.
En tercer lugar, se debe comprender que el Gobierno creó esta comisión con el objetivo de sanear a una sociedad que fue capaz de permitir que en su seno ocurrieran hechos dolorosos, pero que no está dispuesta a aceptado nuevamente. Esto requiere, por un lado, de una toma de conciencia colectiva y, por otro, de la reparación del daño causado, tanto moral como materialmente.
Un último concepto dice relación con la reconciliación.
Quizás para un sector reconciliación implique "borrón y cuenta nueva", posición que, de alguna forma, estaría sustentada por personas a quienes la violación a los derechos humanos les llega como una situación ajena y distante. Para otro sector, que sufrió de cerca el problema, puede ser sinónimo de venganza o sólo de castigo.
Sin embargo, para la gran mayoría de los chilenos -que aspira a convivir en democracia y en una patria donde todos tienen cabida- la reconciliación es la oportunidad histórica de superar un pasado doloroso y recuperar la dignidad de pueblo. Es también el momento de volver a tener confianza en las Fuerzas Armadas como instituciones fundamentales de la nación, no deliberantes y subordinados al poder civil. Representa, además, la reafirmación de valores trascendentales, como lo es el respeto a la vida y a la dignidad humana. Pero, por sobre todas las cosas, representa la renovación del compromiso con el ordenamiento democrático, como aquel sistema capaz de proteger y resguardar a las personas y sus derechos, de manera que nunca más en Chile se repitan los hechos que tanto dolor provocaron al país entero.
viernes, 3 de diciembre de 2010
DIARIO LAS ULTIMAS NOTICIAS
Reconciliación e Informe Rettig
Por Claudio Vásquez L.
A medida que se acerca la entrega del informe elaborado por la Comisión Verdad y Reconciliación, han comenzado a conocerse las expectativas que despierta en las organizaciones sociales y políticas este importante documento.
Sin embargo, me parece que detrás de las variadas posiciones que se expresan, no existe consenso en cuanto al real significado que dicho informe tiene para la futura convivencia del país.
Lo que está en juego es la posibilidad concreta de que los chilenos podamos mirar el futuro, asumiendo los hechos ocurridos como un drama en el que todos -en diferentes grados- tenemos una cuota de responsabilidad. Para esto es indispensable, en primer lugar, conocer la verdad. No es posible imaginar que las heridas se curan con el simple hecho de tapadas o negadas.
La verdad representa el primer paso para recuperar la memoria olvidada y comenzar a acercamos a un justicia que es imprescindible para dar un salto definitivo en el camino de la reconciliación.
En segundo término, el país requiere volver a creer en la justicia, como la instancia de regulación de aquellos excesos que atentan contra la convivencia diaria. Y esto no es tarea fácil pues, en los últimos años, la credibilidad en la justicia se ha puesto en duda, no sólo en el ciudadano común, sino también en aquellas personas ligadas a ella.
En tercer lugar, se debe comprender que el Gobierno creó esta comisión con el objetivo de sanear a una sociedad que fue capaz de permitir que en su seno ocurrieran hechos dolorosos, pero que no está dispuesta a aceptado nuevamente. Esto requiere, por un lado, de una toma de conciencia colectiva y, por otro, de la reparación del daño causado, tanto moral como materialmente.
Un último concepto dice relación con la reconciliación.
Quizás para un sector reconciliación implique "borrón y cuenta nueva", posición que, de alguna forma, estaría sustentada por personas a quienes la violación a los derechos humanos les llega como una situación ajena y distante. Para otro sector, que sufrió de cerca el problema, puede ser sinónimo de venganza o sólo de castigo.
Sin embargo, para la gran mayoría de los chilenos -que aspira a convivir en democracia y en una patria donde todos tienen cabida- la reconciliación es la oportunidad histórica de superar un pasado doloroso y recuperar la dignidad de pueblo. Es también el momento de volver a tener confianza en las Fuerzas Armadas como instituciones fundamentales de la nación, no deliberantes y subordinados al poder civil. Representa, además, la reafirmación de valores trascendentales, como lo es el respeto a la vida y a la dignidad humana. Pero, por sobre todas las cosas, representa la renovación del compromiso con el ordenamiento democrático, como aquel sistema capaz de proteger y resguardar a las personas y sus derechos, de manera que nunca más en Chile se repitan los hechos que tanto dolor provocaron al país entero.
Reconciliación e Informe Rettig
Por Claudio Vásquez L.
A medida que se acerca la entrega del informe elaborado por la Comisión Verdad y Reconciliación, han comenzado a conocerse las expectativas que despierta en las organizaciones sociales y políticas este importante documento.
Sin embargo, me parece que detrás de las variadas posiciones que se expresan, no existe consenso en cuanto al real significado que dicho informe tiene para la futura convivencia del país.
Lo que está en juego es la posibilidad concreta de que los chilenos podamos mirar el futuro, asumiendo los hechos ocurridos como un drama en el que todos -en diferentes grados- tenemos una cuota de responsabilidad. Para esto es indispensable, en primer lugar, conocer la verdad. No es posible imaginar que las heridas se curan con el simple hecho de tapadas o negadas.
La verdad representa el primer paso para recuperar la memoria olvidada y comenzar a acercamos a un justicia que es imprescindible para dar un salto definitivo en el camino de la reconciliación.
En segundo término, el país requiere volver a creer en la justicia, como la instancia de regulación de aquellos excesos que atentan contra la convivencia diaria. Y esto no es tarea fácil pues, en los últimos años, la credibilidad en la justicia se ha puesto en duda, no sólo en el ciudadano común, sino también en aquellas personas ligadas a ella.
En tercer lugar, se debe comprender que el Gobierno creó esta comisión con el objetivo de sanear a una sociedad que fue capaz de permitir que en su seno ocurrieran hechos dolorosos, pero que no está dispuesta a aceptado nuevamente. Esto requiere, por un lado, de una toma de conciencia colectiva y, por otro, de la reparación del daño causado, tanto moral como materialmente.
Un último concepto dice relación con la reconciliación.
Quizás para un sector reconciliación implique "borrón y cuenta nueva", posición que, de alguna forma, estaría sustentada por personas a quienes la violación a los derechos humanos les llega como una situación ajena y distante. Para otro sector, que sufrió de cerca el problema, puede ser sinónimo de venganza o sólo de castigo.
Sin embargo, para la gran mayoría de los chilenos -que aspira a convivir en democracia y en una patria donde todos tienen cabida- la reconciliación es la oportunidad histórica de superar un pasado doloroso y recuperar la dignidad de pueblo. Es también el momento de volver a tener confianza en las Fuerzas Armadas como instituciones fundamentales de la nación, no deliberantes y subordinados al poder civil. Representa, además, la reafirmación de valores trascendentales, como lo es el respeto a la vida y a la dignidad humana. Pero, por sobre todas las cosas, representa la renovación del compromiso con el ordenamiento democrático, como aquel sistema capaz de proteger y resguardar a las personas y sus derechos, de manera que nunca más en Chile se repitan los hechos que tanto dolor provocaron al país entero.
Un Tigre Sin Corazón
Diario La Época jueves 2 de diciembre de 1993
Un Tigre Sin Corazón
CLAUDIO VASQUEZ L.
Se ha generado una discusión sobre el tema de los valores distintivos del país y la amenaza de su supuesto abandono. Se detecta una cierta va¬guedad en la identificación de los su¬puestos responsables: el modernismo, el desarrollo, el consumismo, pero sobre todo determinadas ideologías "relativistas", que cuestionarían las verdades inmanentes e inmutables. Sin decirse en forma explícita, se podría deducir que semejantes acusaciones son imputables a los sectores laicos del espacio político-partidario.
¡Es decir, una cruzada moral bien puede ir de la mano de determinadas aspi¬raciones electorales, sobre todo en período de campaña! Pero, aunque cuestionable éticamente, el sutil aprovechamiento electoral no es lo más importante.
De lo que a nuestro juicio se trata es de revisar hasta qué punto y desde dónde aparecen amenazados los tan mentados ''valores patrios". Es legítimo que la políti¬ca se preocupe de temas que trascienden lo meramente electoral, por un lado, y lo relativo a los intereses económicos de corto plazo, por otro. Es por lo demás una preocupación que debería existir siempre, al margen de las coyunturas.
Es innegable que basta una simple mirada para poder constatar una situación de crisis generalizada en diversos ámbitos de la sociedad. Esta crisis tiene relación con aspectos fundamentales de la vida espiritual y material de los chilenos.
El problema reside en sus orígenes. N o creemos que esta crisis pueda ser imputa¬da a una carencia o a un abandono de determinados valores trascendentales e inmanentes. N o, dicha explicación nos resulta demasiado abstracta e inasible.
Por ahí no va, pues, el problema. Si de valores se trata, hay que referirse a uno muy particular y que vemos crecientemen¬te cuestionado: el de la solidaridad. Esta tiene muchos nombres y puede ligarse a muchas cosmovisiones o convicciones de fe: llamémosla como la llamemos, siempre estaremos hablando de lo mismo.
En medio del desarrollo conviven per¬sonas cuya dignidad se ve puesta a prueba a diario. Y no me refiero sólo a los mendi¬gos, a los más pobres de los pobres. Si proyectamos las cosas, podríamos llegar a la conclusión de que este mundo de impe¬tuoso desarrollo económico carece efectivamente de espíritu.
Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero esta falta de espíritu, que yo llamo simple¬mente falta de solidaridad, no se debe ni a ideologías foráneas o perversas, ni a "rela¬tivismos" ni "permisivismos" morales de tipo alguno. Se debe básicamente a un modelo de desarrollo sustentado en una competencia a ultranza, que aplasta la soli¬daridad y amenaza la convivencia.
No estamos demandando nada excepcional. Ningún experimento que pudiera cuesionar las bases del desarrollo alcanzado. Ninguna medida que atente contra los indicadores macroeconómicos. Estamos pidiendo simplemente la introducción de una verdadera y efectiva política social de mercado.
Claudio Vásquez Lazo fue encargado de negocios de Chile en Centroamérica.
Un Tigre Sin Corazón
CLAUDIO VASQUEZ L.
Se ha generado una discusión sobre el tema de los valores distintivos del país y la amenaza de su supuesto abandono. Se detecta una cierta va¬guedad en la identificación de los su¬puestos responsables: el modernismo, el desarrollo, el consumismo, pero sobre todo determinadas ideologías "relativistas", que cuestionarían las verdades inmanentes e inmutables. Sin decirse en forma explícita, se podría deducir que semejantes acusaciones son imputables a los sectores laicos del espacio político-partidario.
¡Es decir, una cruzada moral bien puede ir de la mano de determinadas aspi¬raciones electorales, sobre todo en período de campaña! Pero, aunque cuestionable éticamente, el sutil aprovechamiento electoral no es lo más importante.
De lo que a nuestro juicio se trata es de revisar hasta qué punto y desde dónde aparecen amenazados los tan mentados ''valores patrios". Es legítimo que la políti¬ca se preocupe de temas que trascienden lo meramente electoral, por un lado, y lo relativo a los intereses económicos de corto plazo, por otro. Es por lo demás una preocupación que debería existir siempre, al margen de las coyunturas.
Es innegable que basta una simple mirada para poder constatar una situación de crisis generalizada en diversos ámbitos de la sociedad. Esta crisis tiene relación con aspectos fundamentales de la vida espiritual y material de los chilenos.
El problema reside en sus orígenes. N o creemos que esta crisis pueda ser imputa¬da a una carencia o a un abandono de determinados valores trascendentales e inmanentes. N o, dicha explicación nos resulta demasiado abstracta e inasible.
Por ahí no va, pues, el problema. Si de valores se trata, hay que referirse a uno muy particular y que vemos crecientemen¬te cuestionado: el de la solidaridad. Esta tiene muchos nombres y puede ligarse a muchas cosmovisiones o convicciones de fe: llamémosla como la llamemos, siempre estaremos hablando de lo mismo.
En medio del desarrollo conviven per¬sonas cuya dignidad se ve puesta a prueba a diario. Y no me refiero sólo a los mendi¬gos, a los más pobres de los pobres. Si proyectamos las cosas, podríamos llegar a la conclusión de que este mundo de impe¬tuoso desarrollo económico carece efectivamente de espíritu.
Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero esta falta de espíritu, que yo llamo simple¬mente falta de solidaridad, no se debe ni a ideologías foráneas o perversas, ni a "rela¬tivismos" ni "permisivismos" morales de tipo alguno. Se debe básicamente a un modelo de desarrollo sustentado en una competencia a ultranza, que aplasta la soli¬daridad y amenaza la convivencia.
No estamos demandando nada excepcional. Ningún experimento que pudiera cuesionar las bases del desarrollo alcanzado. Ninguna medida que atente contra los indicadores macroeconómicos. Estamos pidiendo simplemente la introducción de una verdadera y efectiva política social de mercado.
Claudio Vásquez Lazo fue encargado de negocios de Chile en Centroamérica.
lunes, 8 de noviembre de 2010
El Ciudadano y el Poder
El Ciudadano y el Poder
Claudio Vásquez Lazo, Ex Embajador, dirigente PPD
En mi vida política he pasado por muchos momentos difíciles: exilio, prisión, discriminación xenófoba, pero nunca mal trato funcionario. En efecto, hace poco viví en carne propia un trato humillante y vejatorio por parte de un recién nombrado funcionario público.
Lo anteriormente relatado, y sin entrar en detalles, me llevo a reflexionar sobre el poder que se obtiene por la vía de los diversos procesos políticos.
La política tiene muchos significados, pero aquí la usamos en el sentido más restringido del término, que alude específicamente a la lucha por la elección de los cargos mas importantes del Estado: en definitiva, es el intento de ganar posiciones para influir en el modo que se ejerce el poder estatal.
Max Weber, en sus escritos “Política como Profesión”, distingue dos nociones de la política: una más restringida, entendida como todo lo relacionado con la adquisición, la distribución y el ejercicio del poder del Estado. En su versión más amplia, más general, la política tiene que ver con cualquier conjunto de relaciones de subordinación, es decir, de dominio o mando por un lado y de obediencia por el otro, aunque no se den en el marco de un Estado, ni se haga uso de los recursos del mismo.
Para Foucault, los aspectos relacionados con el poder que se presentan en el desenvolvimiento social no pueden ser referidos sólo y exclusivamente a la estructura económico-política. La importancia de las construcciones culturales para explicar el comportamiento humano de un determinado período está presente en toda la reflexión de Foucault: El poder no es concebido bajo una forma única, sino plural y presente en el comportamiento cotidiano del individuo.
Para Carlos Marx, el desenvolvimiento de la economía y de la reproducción material de la vida es el punto de partida de su construcción teórica. En efecto, todo está atravesado por el enfrentamiento de las clases fundamentales de cada modo de producción. En Marx, la instauración del comunismo sería el triunfo sobre el uso y distribución de los recursos y también la herramienta para superar los conflictos históricos que caracterizan el desarrollo humano.
Desde la antigüedad, el tema de la política ha estado vinculado a la cuestión de las diversas formas de poder del hombre. Del griego Krátos, fuerza, potencia, y archia, autoridad, nacen los nombres las antiguas formas de gobierno que se usan todavía hoy, como: Aristocracia, democracia, plutocracia, monarquía, oligarquía e igualmente todas las palabra imaginadas para designar formas de poder político (burocracia, partidocracia, poliarquía etc.). Aristóteles distingue tres formas típicas de poder basados en el diferente tipo de sociedad en el que se aplica: el poder del padre sobre los hijos, el del amo sobre los esclavos y el del gobernante sobre los gobernados; en este último caso el interés con que se ejerce el poder es el político e involucra a las dos partes que componen la relación, lo que es llamado “bien común”.
En Atenas (siglo VI a.C.) la ciudadanía la tenían los varones adultos (en edad militar), siempre que fueran hijos de padre y madre ateniense y libres por nacimiento. Esta limitación era muy importante porque la relación libres-esclavos era de uno a cuatro. La plenitud de los derechos políticos –que constituye el contenido mismo de la ciudadanía- no se concedía a los pobres.
Como podemos ver, según el profesor y filólogo Luciano Canfora, en la cuna de la democracia los ciudadanos socialmente más débiles tenían serias dificultades para ejercer la calidad de tales, a pesar de que el concepto de ciudadanía predominante en la época clásica consistía en la equiparación del ciudadano con el guerrero. Durante mucho tiempo el guerrero tenía que costearse la armadura y por ello la noción ciudadano-guerrero se equiparó a la de propietario.
La ampliación de la ciudadanía en Atenas está ligada directamente a la necesidad de tener guerreros para su flota y al nacimiento del imperio marítimo. Así, muchos atenienses pobres lograron su calidad de ciudadanos. En todo caso, los grupos dirigente son siempre los mismos: representantes de la clase alta.
Si queremos definir a la democracia convengamos con Norberto Bobbio, quien define la democracia con tres principios institucionales: en primer lugar como “un conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que establecen quién está autorizado a tomar decisiones y mediante qué procedimientos”; a continuación, diciendo que un régimen es tanto más democrático cuanto mayor cantidad de personas participa directa o indirectamente en la toma de decisiones; por último, subrayando que las elecciones deben ser reales.
El sociólogo francés Alain Touraine, coincidiendo con Bobbio, nos dice que ”la democracia descansa sobre la sustitución de una concepción orgánica de la sociedad por una visión individualista cuyos elementos principales son la idea de contrato, el reemplazo del hombre político según Aristóteles por el homos oeconomicus”.
La realidad política actual en el mundo y particularmente en nuestro país es muy diferente al modelo que nos proponen Bobbio y Touraine. En efecto, los partidos políticos, sindicatos, organizaciones gremiales, poderes fácticos, le quitan autoridad al pueblo que supuestamente es el soberano; los intereses particulares no desaparecen y en el caso de Chile, las oligarquías se mantienen. Touraine nos dice en su libro ¿Que es la Democracia?: “Por último, el funcionamiento democrático no penetra en la mayor parte del dominios de la vida social, y el secreto, contrario a la democracia, sigue desempeñando un papel importante; detrás de las formas de la democracia se construye a menudo un gobierno de los técnicos y los aparatos”.
Al Estado, nos dice Raymond Geuss en su libro Historia e Ilusión en la Política, ”le interesa obviamente presentarse no sólo como un agente que desempeña una variedad de funciones y proporciona ciertos servicios, y cuyas órdenes es racional que se tomen en serio sus miembros, sino como un agente que debe ser obedecido categóricamente”
Para mí, el poder en democracia se ejerce cuando está legitimado por el pueblo soberano en elecciones libres e informadas. Una promesa de obediencia o un contrato social sólo es posible y coherente si es producto de aceptación explícita y consentimiento.
En la Edad Moderna, podemos distinguir los malos gobiernos como: paternalistas, en los que el gobernante se comporta con sus súbditos como si fueran sus hijos y por consiguiente como eternos menores de edad, o despóticos, en los que el gobernante trata a los gobernados como si fuera el patrón. Estas dos son formas degeneradas de aplicación del poder político.
Con el nacimiento del cristianismo y la institucionalidad religiosa que de éste emana se desarrolla una organización de poder jerárquico. Todo poder que se afirma en la supremacía de la obediencia ciega es anómalo porque permite las tropelías y corrupción que podemos constatar en la historia.
La búsqueda de la obediencia y el servilismo no es privativa de los círculos eclesiásticos. En efecto, muchos líderes políticos no aceptan la igualdad en las relaciones políticas y buscan la obsecuencia como respuesta.
Maquiavelo, en el capitulo XVlll del Príncipe, describe las cualidades que debe poseer quien tiene en sus manos el destino de un Estado; dice que ha de combinar las propiedades del león y del zorro, es decir la fuerza y la astucia: estas son dos características que no tienen nada que ver con el fin del “bien común”, sino que se refieren al objetivo inmediato de conservar el poder, con independencia del uso público o privado que el gobernante quiera hacer del poder.
La pregunta es: ¿por qué aspiramos al poder político? Dejemos que el citado Geuss nos responda: “Creamos y reproducimos estructuras políticas porque pensamos que tendrán algunas propiedades que deseamos, pero en general entre éstas se contara la capacidad de la institución en cuestión para producir ciertos efectos o permitirnos conseguir determinados fines”
En nuestro caso, el concepto poder político lo entendemos como la capacidad para realizar cambios en nuestra desigual sociedad y su utilización es parte de lo que llamamos “servicio público”.
eligió o nombró en un cargo de elección popular o en el aparato del Estado.
Muchos se habrán encontrado con poder de un día para otro y no saben como lidiar con el. La paradoja es que muchas veces el poder destruye a las personas: las transforma en abusadoras, déspotas –ilustradas o no- que no entienden que el poder se va como llegó: por obra y gracia del ciudadano que lo
Claudio Vásquez Lazo, Ex Embajador, dirigente PPD
En mi vida política he pasado por muchos momentos difíciles: exilio, prisión, discriminación xenófoba, pero nunca mal trato funcionario. En efecto, hace poco viví en carne propia un trato humillante y vejatorio por parte de un recién nombrado funcionario público.
Lo anteriormente relatado, y sin entrar en detalles, me llevo a reflexionar sobre el poder que se obtiene por la vía de los diversos procesos políticos.
La política tiene muchos significados, pero aquí la usamos en el sentido más restringido del término, que alude específicamente a la lucha por la elección de los cargos mas importantes del Estado: en definitiva, es el intento de ganar posiciones para influir en el modo que se ejerce el poder estatal.
Max Weber, en sus escritos “Política como Profesión”, distingue dos nociones de la política: una más restringida, entendida como todo lo relacionado con la adquisición, la distribución y el ejercicio del poder del Estado. En su versión más amplia, más general, la política tiene que ver con cualquier conjunto de relaciones de subordinación, es decir, de dominio o mando por un lado y de obediencia por el otro, aunque no se den en el marco de un Estado, ni se haga uso de los recursos del mismo.
Para Foucault, los aspectos relacionados con el poder que se presentan en el desenvolvimiento social no pueden ser referidos sólo y exclusivamente a la estructura económico-política. La importancia de las construcciones culturales para explicar el comportamiento humano de un determinado período está presente en toda la reflexión de Foucault: El poder no es concebido bajo una forma única, sino plural y presente en el comportamiento cotidiano del individuo.
Para Carlos Marx, el desenvolvimiento de la economía y de la reproducción material de la vida es el punto de partida de su construcción teórica. En efecto, todo está atravesado por el enfrentamiento de las clases fundamentales de cada modo de producción. En Marx, la instauración del comunismo sería el triunfo sobre el uso y distribución de los recursos y también la herramienta para superar los conflictos históricos que caracterizan el desarrollo humano.
Desde la antigüedad, el tema de la política ha estado vinculado a la cuestión de las diversas formas de poder del hombre. Del griego Krátos, fuerza, potencia, y archia, autoridad, nacen los nombres las antiguas formas de gobierno que se usan todavía hoy, como: Aristocracia, democracia, plutocracia, monarquía, oligarquía e igualmente todas las palabra imaginadas para designar formas de poder político (burocracia, partidocracia, poliarquía etc.). Aristóteles distingue tres formas típicas de poder basados en el diferente tipo de sociedad en el que se aplica: el poder del padre sobre los hijos, el del amo sobre los esclavos y el del gobernante sobre los gobernados; en este último caso el interés con que se ejerce el poder es el político e involucra a las dos partes que componen la relación, lo que es llamado “bien común”.
En Atenas (siglo VI a.C.) la ciudadanía la tenían los varones adultos (en edad militar), siempre que fueran hijos de padre y madre ateniense y libres por nacimiento. Esta limitación era muy importante porque la relación libres-esclavos era de uno a cuatro. La plenitud de los derechos políticos –que constituye el contenido mismo de la ciudadanía- no se concedía a los pobres.
Como podemos ver, según el profesor y filólogo Luciano Canfora, en la cuna de la democracia los ciudadanos socialmente más débiles tenían serias dificultades para ejercer la calidad de tales, a pesar de que el concepto de ciudadanía predominante en la época clásica consistía en la equiparación del ciudadano con el guerrero. Durante mucho tiempo el guerrero tenía que costearse la armadura y por ello la noción ciudadano-guerrero se equiparó a la de propietario.
La ampliación de la ciudadanía en Atenas está ligada directamente a la necesidad de tener guerreros para su flota y al nacimiento del imperio marítimo. Así, muchos atenienses pobres lograron su calidad de ciudadanos. En todo caso, los grupos dirigente son siempre los mismos: representantes de la clase alta.
Si queremos definir a la democracia convengamos con Norberto Bobbio, quien define la democracia con tres principios institucionales: en primer lugar como “un conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que establecen quién está autorizado a tomar decisiones y mediante qué procedimientos”; a continuación, diciendo que un régimen es tanto más democrático cuanto mayor cantidad de personas participa directa o indirectamente en la toma de decisiones; por último, subrayando que las elecciones deben ser reales.
El sociólogo francés Alain Touraine, coincidiendo con Bobbio, nos dice que ”la democracia descansa sobre la sustitución de una concepción orgánica de la sociedad por una visión individualista cuyos elementos principales son la idea de contrato, el reemplazo del hombre político según Aristóteles por el homos oeconomicus”.
La realidad política actual en el mundo y particularmente en nuestro país es muy diferente al modelo que nos proponen Bobbio y Touraine. En efecto, los partidos políticos, sindicatos, organizaciones gremiales, poderes fácticos, le quitan autoridad al pueblo que supuestamente es el soberano; los intereses particulares no desaparecen y en el caso de Chile, las oligarquías se mantienen. Touraine nos dice en su libro ¿Que es la Democracia?: “Por último, el funcionamiento democrático no penetra en la mayor parte del dominios de la vida social, y el secreto, contrario a la democracia, sigue desempeñando un papel importante; detrás de las formas de la democracia se construye a menudo un gobierno de los técnicos y los aparatos”.
Al Estado, nos dice Raymond Geuss en su libro Historia e Ilusión en la Política, ”le interesa obviamente presentarse no sólo como un agente que desempeña una variedad de funciones y proporciona ciertos servicios, y cuyas órdenes es racional que se tomen en serio sus miembros, sino como un agente que debe ser obedecido categóricamente”
Para mí, el poder en democracia se ejerce cuando está legitimado por el pueblo soberano en elecciones libres e informadas. Una promesa de obediencia o un contrato social sólo es posible y coherente si es producto de aceptación explícita y consentimiento.
En la Edad Moderna, podemos distinguir los malos gobiernos como: paternalistas, en los que el gobernante se comporta con sus súbditos como si fueran sus hijos y por consiguiente como eternos menores de edad, o despóticos, en los que el gobernante trata a los gobernados como si fuera el patrón. Estas dos son formas degeneradas de aplicación del poder político.
Con el nacimiento del cristianismo y la institucionalidad religiosa que de éste emana se desarrolla una organización de poder jerárquico. Todo poder que se afirma en la supremacía de la obediencia ciega es anómalo porque permite las tropelías y corrupción que podemos constatar en la historia.
La búsqueda de la obediencia y el servilismo no es privativa de los círculos eclesiásticos. En efecto, muchos líderes políticos no aceptan la igualdad en las relaciones políticas y buscan la obsecuencia como respuesta.
Maquiavelo, en el capitulo XVlll del Príncipe, describe las cualidades que debe poseer quien tiene en sus manos el destino de un Estado; dice que ha de combinar las propiedades del león y del zorro, es decir la fuerza y la astucia: estas son dos características que no tienen nada que ver con el fin del “bien común”, sino que se refieren al objetivo inmediato de conservar el poder, con independencia del uso público o privado que el gobernante quiera hacer del poder.
La pregunta es: ¿por qué aspiramos al poder político? Dejemos que el citado Geuss nos responda: “Creamos y reproducimos estructuras políticas porque pensamos que tendrán algunas propiedades que deseamos, pero en general entre éstas se contara la capacidad de la institución en cuestión para producir ciertos efectos o permitirnos conseguir determinados fines”
En nuestro caso, el concepto poder político lo entendemos como la capacidad para realizar cambios en nuestra desigual sociedad y su utilización es parte de lo que llamamos “servicio público”.
eligió o nombró en un cargo de elección popular o en el aparato del Estado.
Muchos se habrán encontrado con poder de un día para otro y no saben como lidiar con el. La paradoja es que muchas veces el poder destruye a las personas: las transforma en abusadoras, déspotas –ilustradas o no- que no entienden que el poder se va como llegó: por obra y gracia del ciudadano que lo
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