DIARIO LAS ULTIMAS NOTICIAS
Reconciliación e Informe Rettig
Por Claudio Vásquez L.
A medida que se acerca la entrega del informe elaborado por la Comisión Verdad y Reconciliación, han comenzado a conocerse las expectativas que despierta en las organizaciones sociales y políticas este importante documento.
Sin embargo, me parece que detrás de las variadas posiciones que se expresan, no existe consenso en cuanto al real significado que dicho informe tiene para la futura convivencia del país.
Lo que está en juego es la posibilidad concreta de que los chilenos podamos mirar el futuro, asumiendo los hechos ocurridos como un drama en el que todos -en diferentes grados- tenemos una cuota de responsabilidad. Para esto es indispensable, en primer lugar, conocer la verdad. No es posible imaginar que las heridas se curan con el simple hecho de tapadas o negadas.
La verdad representa el primer paso para recuperar la memoria olvidada y comenzar a acercamos a un justicia que es imprescindible para dar un salto definitivo en el camino de la reconciliación.
En segundo término, el país requiere volver a creer en la justicia, como la instancia de regulación de aquellos excesos que atentan contra la convivencia diaria. Y esto no es tarea fácil pues, en los últimos años, la credibilidad en la justicia se ha puesto en duda, no sólo en el ciudadano común, sino también en aquellas personas ligadas a ella.
En tercer lugar, se debe comprender que el Gobierno creó esta comisión con el objetivo de sanear a una sociedad que fue capaz de permitir que en su seno ocurrieran hechos dolorosos, pero que no está dispuesta a aceptado nuevamente. Esto requiere, por un lado, de una toma de conciencia colectiva y, por otro, de la reparación del daño causado, tanto moral como materialmente.
Un último concepto dice relación con la reconciliación.
Quizás para un sector reconciliación implique "borrón y cuenta nueva", posición que, de alguna forma, estaría sustentada por personas a quienes la violación a los derechos humanos les llega como una situación ajena y distante. Para otro sector, que sufrió de cerca el problema, puede ser sinónimo de venganza o sólo de castigo.
Sin embargo, para la gran mayoría de los chilenos -que aspira a convivir en democracia y en una patria donde todos tienen cabida- la reconciliación es la oportunidad histórica de superar un pasado doloroso y recuperar la dignidad de pueblo. Es también el momento de volver a tener confianza en las Fuerzas Armadas como instituciones fundamentales de la nación, no deliberantes y subordinados al poder civil. Representa, además, la reafirmación de valores trascendentales, como lo es el respeto a la vida y a la dignidad humana. Pero, por sobre todas las cosas, representa la renovación del compromiso con el ordenamiento democrático, como aquel sistema capaz de proteger y resguardar a las personas y sus derechos, de manera que nunca más en Chile se repitan los hechos que tanto dolor provocaron al país entero.
viernes, 3 de diciembre de 2010
DIARIO LAS ULTIMAS NOTICIAS
Reconciliación e Informe Rettig
Por Claudio Vásquez L.
A medida que se acerca la entrega del informe elaborado por la Comisión Verdad y Reconciliación, han comenzado a conocerse las expectativas que despierta en las organizaciones sociales y políticas este importante documento.
Sin embargo, me parece que detrás de las variadas posiciones que se expresan, no existe consenso en cuanto al real significado que dicho informe tiene para la futura convivencia del país.
Lo que está en juego es la posibilidad concreta de que los chilenos podamos mirar el futuro, asumiendo los hechos ocurridos como un drama en el que todos -en diferentes grados- tenemos una cuota de responsabilidad. Para esto es indispensable, en primer lugar, conocer la verdad. No es posible imaginar que las heridas se curan con el simple hecho de tapadas o negadas.
La verdad representa el primer paso para recuperar la memoria olvidada y comenzar a acercamos a un justicia que es imprescindible para dar un salto definitivo en el camino de la reconciliación.
En segundo término, el país requiere volver a creer en la justicia, como la instancia de regulación de aquellos excesos que atentan contra la convivencia diaria. Y esto no es tarea fácil pues, en los últimos años, la credibilidad en la justicia se ha puesto en duda, no sólo en el ciudadano común, sino también en aquellas personas ligadas a ella.
En tercer lugar, se debe comprender que el Gobierno creó esta comisión con el objetivo de sanear a una sociedad que fue capaz de permitir que en su seno ocurrieran hechos dolorosos, pero que no está dispuesta a aceptado nuevamente. Esto requiere, por un lado, de una toma de conciencia colectiva y, por otro, de la reparación del daño causado, tanto moral como materialmente.
Un último concepto dice relación con la reconciliación.
Quizás para un sector reconciliación implique "borrón y cuenta nueva", posición que, de alguna forma, estaría sustentada por personas a quienes la violación a los derechos humanos les llega como una situación ajena y distante. Para otro sector, que sufrió de cerca el problema, puede ser sinónimo de venganza o sólo de castigo.
Sin embargo, para la gran mayoría de los chilenos -que aspira a convivir en democracia y en una patria donde todos tienen cabida- la reconciliación es la oportunidad histórica de superar un pasado doloroso y recuperar la dignidad de pueblo. Es también el momento de volver a tener confianza en las Fuerzas Armadas como instituciones fundamentales de la nación, no deliberantes y subordinados al poder civil. Representa, además, la reafirmación de valores trascendentales, como lo es el respeto a la vida y a la dignidad humana. Pero, por sobre todas las cosas, representa la renovación del compromiso con el ordenamiento democrático, como aquel sistema capaz de proteger y resguardar a las personas y sus derechos, de manera que nunca más en Chile se repitan los hechos que tanto dolor provocaron al país entero.
Reconciliación e Informe Rettig
Por Claudio Vásquez L.
A medida que se acerca la entrega del informe elaborado por la Comisión Verdad y Reconciliación, han comenzado a conocerse las expectativas que despierta en las organizaciones sociales y políticas este importante documento.
Sin embargo, me parece que detrás de las variadas posiciones que se expresan, no existe consenso en cuanto al real significado que dicho informe tiene para la futura convivencia del país.
Lo que está en juego es la posibilidad concreta de que los chilenos podamos mirar el futuro, asumiendo los hechos ocurridos como un drama en el que todos -en diferentes grados- tenemos una cuota de responsabilidad. Para esto es indispensable, en primer lugar, conocer la verdad. No es posible imaginar que las heridas se curan con el simple hecho de tapadas o negadas.
La verdad representa el primer paso para recuperar la memoria olvidada y comenzar a acercamos a un justicia que es imprescindible para dar un salto definitivo en el camino de la reconciliación.
En segundo término, el país requiere volver a creer en la justicia, como la instancia de regulación de aquellos excesos que atentan contra la convivencia diaria. Y esto no es tarea fácil pues, en los últimos años, la credibilidad en la justicia se ha puesto en duda, no sólo en el ciudadano común, sino también en aquellas personas ligadas a ella.
En tercer lugar, se debe comprender que el Gobierno creó esta comisión con el objetivo de sanear a una sociedad que fue capaz de permitir que en su seno ocurrieran hechos dolorosos, pero que no está dispuesta a aceptado nuevamente. Esto requiere, por un lado, de una toma de conciencia colectiva y, por otro, de la reparación del daño causado, tanto moral como materialmente.
Un último concepto dice relación con la reconciliación.
Quizás para un sector reconciliación implique "borrón y cuenta nueva", posición que, de alguna forma, estaría sustentada por personas a quienes la violación a los derechos humanos les llega como una situación ajena y distante. Para otro sector, que sufrió de cerca el problema, puede ser sinónimo de venganza o sólo de castigo.
Sin embargo, para la gran mayoría de los chilenos -que aspira a convivir en democracia y en una patria donde todos tienen cabida- la reconciliación es la oportunidad histórica de superar un pasado doloroso y recuperar la dignidad de pueblo. Es también el momento de volver a tener confianza en las Fuerzas Armadas como instituciones fundamentales de la nación, no deliberantes y subordinados al poder civil. Representa, además, la reafirmación de valores trascendentales, como lo es el respeto a la vida y a la dignidad humana. Pero, por sobre todas las cosas, representa la renovación del compromiso con el ordenamiento democrático, como aquel sistema capaz de proteger y resguardar a las personas y sus derechos, de manera que nunca más en Chile se repitan los hechos que tanto dolor provocaron al país entero.
Un Tigre Sin Corazón
Diario La Época jueves 2 de diciembre de 1993
Un Tigre Sin Corazón
CLAUDIO VASQUEZ L.
Se ha generado una discusión sobre el tema de los valores distintivos del país y la amenaza de su supuesto abandono. Se detecta una cierta va¬guedad en la identificación de los su¬puestos responsables: el modernismo, el desarrollo, el consumismo, pero sobre todo determinadas ideologías "relativistas", que cuestionarían las verdades inmanentes e inmutables. Sin decirse en forma explícita, se podría deducir que semejantes acusaciones son imputables a los sectores laicos del espacio político-partidario.
¡Es decir, una cruzada moral bien puede ir de la mano de determinadas aspi¬raciones electorales, sobre todo en período de campaña! Pero, aunque cuestionable éticamente, el sutil aprovechamiento electoral no es lo más importante.
De lo que a nuestro juicio se trata es de revisar hasta qué punto y desde dónde aparecen amenazados los tan mentados ''valores patrios". Es legítimo que la políti¬ca se preocupe de temas que trascienden lo meramente electoral, por un lado, y lo relativo a los intereses económicos de corto plazo, por otro. Es por lo demás una preocupación que debería existir siempre, al margen de las coyunturas.
Es innegable que basta una simple mirada para poder constatar una situación de crisis generalizada en diversos ámbitos de la sociedad. Esta crisis tiene relación con aspectos fundamentales de la vida espiritual y material de los chilenos.
El problema reside en sus orígenes. N o creemos que esta crisis pueda ser imputa¬da a una carencia o a un abandono de determinados valores trascendentales e inmanentes. N o, dicha explicación nos resulta demasiado abstracta e inasible.
Por ahí no va, pues, el problema. Si de valores se trata, hay que referirse a uno muy particular y que vemos crecientemen¬te cuestionado: el de la solidaridad. Esta tiene muchos nombres y puede ligarse a muchas cosmovisiones o convicciones de fe: llamémosla como la llamemos, siempre estaremos hablando de lo mismo.
En medio del desarrollo conviven per¬sonas cuya dignidad se ve puesta a prueba a diario. Y no me refiero sólo a los mendi¬gos, a los más pobres de los pobres. Si proyectamos las cosas, podríamos llegar a la conclusión de que este mundo de impe¬tuoso desarrollo económico carece efectivamente de espíritu.
Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero esta falta de espíritu, que yo llamo simple¬mente falta de solidaridad, no se debe ni a ideologías foráneas o perversas, ni a "rela¬tivismos" ni "permisivismos" morales de tipo alguno. Se debe básicamente a un modelo de desarrollo sustentado en una competencia a ultranza, que aplasta la soli¬daridad y amenaza la convivencia.
No estamos demandando nada excepcional. Ningún experimento que pudiera cuesionar las bases del desarrollo alcanzado. Ninguna medida que atente contra los indicadores macroeconómicos. Estamos pidiendo simplemente la introducción de una verdadera y efectiva política social de mercado.
Claudio Vásquez Lazo fue encargado de negocios de Chile en Centroamérica.
Un Tigre Sin Corazón
CLAUDIO VASQUEZ L.
Se ha generado una discusión sobre el tema de los valores distintivos del país y la amenaza de su supuesto abandono. Se detecta una cierta va¬guedad en la identificación de los su¬puestos responsables: el modernismo, el desarrollo, el consumismo, pero sobre todo determinadas ideologías "relativistas", que cuestionarían las verdades inmanentes e inmutables. Sin decirse en forma explícita, se podría deducir que semejantes acusaciones son imputables a los sectores laicos del espacio político-partidario.
¡Es decir, una cruzada moral bien puede ir de la mano de determinadas aspi¬raciones electorales, sobre todo en período de campaña! Pero, aunque cuestionable éticamente, el sutil aprovechamiento electoral no es lo más importante.
De lo que a nuestro juicio se trata es de revisar hasta qué punto y desde dónde aparecen amenazados los tan mentados ''valores patrios". Es legítimo que la políti¬ca se preocupe de temas que trascienden lo meramente electoral, por un lado, y lo relativo a los intereses económicos de corto plazo, por otro. Es por lo demás una preocupación que debería existir siempre, al margen de las coyunturas.
Es innegable que basta una simple mirada para poder constatar una situación de crisis generalizada en diversos ámbitos de la sociedad. Esta crisis tiene relación con aspectos fundamentales de la vida espiritual y material de los chilenos.
El problema reside en sus orígenes. N o creemos que esta crisis pueda ser imputa¬da a una carencia o a un abandono de determinados valores trascendentales e inmanentes. N o, dicha explicación nos resulta demasiado abstracta e inasible.
Por ahí no va, pues, el problema. Si de valores se trata, hay que referirse a uno muy particular y que vemos crecientemen¬te cuestionado: el de la solidaridad. Esta tiene muchos nombres y puede ligarse a muchas cosmovisiones o convicciones de fe: llamémosla como la llamemos, siempre estaremos hablando de lo mismo.
En medio del desarrollo conviven per¬sonas cuya dignidad se ve puesta a prueba a diario. Y no me refiero sólo a los mendi¬gos, a los más pobres de los pobres. Si proyectamos las cosas, podríamos llegar a la conclusión de que este mundo de impe¬tuoso desarrollo económico carece efectivamente de espíritu.
Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero esta falta de espíritu, que yo llamo simple¬mente falta de solidaridad, no se debe ni a ideologías foráneas o perversas, ni a "rela¬tivismos" ni "permisivismos" morales de tipo alguno. Se debe básicamente a un modelo de desarrollo sustentado en una competencia a ultranza, que aplasta la soli¬daridad y amenaza la convivencia.
No estamos demandando nada excepcional. Ningún experimento que pudiera cuesionar las bases del desarrollo alcanzado. Ninguna medida que atente contra los indicadores macroeconómicos. Estamos pidiendo simplemente la introducción de una verdadera y efectiva política social de mercado.
Claudio Vásquez Lazo fue encargado de negocios de Chile en Centroamérica.
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